Una dedicación especial
En algunas ocasiones, la dislexia va unida a la dificultad para pronunciar correctamente, sobre todo, en lo que se refiere a palabras anteriormente desconocidas o a las excesivamente largas y con combinaciones de letras complicadas. Esto puede conducir a una incorrecta comprensión de la lectura. De este modo, y según avanza el problema, el niño suele presentar malos resultados escolares, por lo que conviene estar pendiente para detectar y tratar el problema a tiempo.
La mejor técnica para descubrir si nuestro hijo sufre esta enfermedad es la observación. Si el niño presenta continuos errores en la lectura, si omite o añade letras en la escritura, si tiene dificultad para copiar los escritos de la pizarra, así como si duda a la hora de diferenciar entre izquierda y derecha o le es imposible seguir algunas instrucciones orales, probablemente estemos ante un caso disléxico.
Todo esto da lugar a una falta de autoestima en el niño que se suele reflejar en sus dificultades para integrarse con los demás alumnos. Afortunadamente, con paciencia y constancia, se pueden eliminar estos problemas mediante un reaprendizaje, es decir, volver a enseñar al afectado a leer y a escribir, pero a un ritmo adecuado para sus posibilidades. Conviene que esta actividad se haga de la manera más amena y alegre posible, motivando al niño mediante la exaltación de sus éxitos para que gane seguridad en sí mismo. Es necesario que un experto analice el caso, pero sin duda, la atención de los padres y educadores es primordial para que el niño no se sienta rechazado y encaje en el sistema educativo.
Perspectiva positiva
Aunque la mayor parte de los estudios hablan de la dislexia como una patología, hay que destacar la teoría que afirma que los que padecen este trastorno poseen un talento especial derivado de las mismas funciones mentales que impiden leer o escribir con normalidad. Esta perspectiva asegura que la dislexia es una habilidad natural que proporciona a la persona especiales facultades en diferentes campos de la vida.
Por ello, los disléxicos tienen una gran habilidad para crear percepciones o para percibir o pensar de forma dimensional. Afirman que estas personas tienen una intuición más desarrollada, una mayor curiosidad por saber el funcionamiento de las cosas, una gran imaginación y creatividad, y tienden a pensar basándose más en las imágenes que en las palabras. De este modo, el estudio concluye que la dislexia no es debida a ninguna malformación cerebral, sino que consiste en una forma diferente de aprender y de percibir, ya que al pensar en imágenes, desarrollan cierta dificultad para manejar símbolos como letras o números.
Consulta sobre enfermedades o temas de psicología en Salud y Hogar
Las causas directas de este trastorno aún están por descubrir, aunque la tesis más aceptada es la de una disfunción en alguna parte del cerebro que interviene en el proceso de aprendizaje y ejecución de la lectura y la escritura. Además, suele estar acompañada de otros problemas, como la dificultad para orientarse espacial y temporalmente. Asimismo, hay que destacar la importancia del factor hereditario en esta patología. Aunque menos común, existe la posibilidad de adquirir esta deficiencia en la edad adulta, cuando ya se sabe leer y escribir. La principal causa de este cambio es el haber sufrido algún tipo de lesión neurológica.
La mayor parte de estos trastornos se diagnostican durante el aprendizaje del infante. Son las llamadas dislexias evolutivas, y los síntomas que normalmente se presentan, son inversión en la escritura y en la lectura, la adhesión u omisión de letras o las repeticiones y vacilaciones a la hora de leer o hablar. Lo normal es que estas mermas desaparezcan a medida que avanza el aprendizaje mediante una táctica especial, pero si no mejora, se habla de dislexia madurativa, que suele ser señal de algún tipo de deficiencia mental. Aunque menos común, existe una dislexia adquirida que aparece como fruto de alguna lesión craneal que haya afectado al área del cerebro encargada del lenguaje.
Las causas en ambos trastornos son múltiples y casi tan variadas como lo son los enfermos.
Los trastornos de la conducta alimentaria (TCA), concretamente, la anorexia y bulimia nerviosas, han existido siempre, pero es en nuestros días, cuando hay una mayor preocupación debido a que cada vez son más frecuentes. El modelo actual de belleza impone un cuerpo cada vez más delgado y la industria, en este sentido, es cada vez más exigente: publicaciones de dietas y productos milagro, técnicas para moldear la figura…, lo que genera grandes beneficios económicos a algunas empresas a costa de convertir a muchas personas en esclavas de sus cuerpos. Estos problemas afectan mucho más a mujeres que a hombres (90% frente a un 10%), y sus repercusiones son muy graves. Hoy día, casi todos los medios de información hacen referencia a este tema; se describe su problemática y, así mismo, se pretende colaborar en la prevención de estos trastornos. Al mismo tiempo, se han ido creando grupos de autoayuda y asociaciones de familiares y/o personas afectadas dedicados a exigir, no sólo medidas de prevención, sino también mejoras asistenciales en la red sanitaria pública actual y medidas legislativas que regulen la publicidad enfocada única y exclusivamente a la posibilidad de alcanzar todo tipo de metas (a nivel personal, laboral, etc.) a través de conseguir un peso "X" y unas medidas corporales determinadas.
Quienes las sufren tienen en común un problema de base psicológico (baja autoestima, inseguridad, ansiedad…), lo que se ve acompañado de una preocupación excesiva por la comida, el peso y la figura. No obstante, su origen es multicausal y existen marcadas diferencias entre ambos trastornos.




